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lunes, 12 de abril de 2010

Lo que hacen los mejores reporteros


La edición de febrero pasado de National Geographic incluyó un reportaje sobre la comunicad polígama de la Iglesia Fundamentalista de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, ubicada en Colorado City, Estados Unidos.
En esa comunidad de 6.000 personas, una escisión de los mormones, un hombre –con la venia del líder de la Iglesia- puede convivir con múltiples esposas (3, 20, 30 y hasta 80), donde el papel de la cada una es “dar a luz y criar todos los hijos que sea posible” para que la “familia celestial” que permanezca unida por la eternidad.
Los polígamos” incluye el texto de Scott Anderson y las fotografías de Stephanie Sinclair, quién pasó más de un año conviviendo con las familias de esa Iglesia.
El tema podría haberse prestado para que tanto Anderson como Sinclair metieran la cuchara, calificando y opinando –por ejemplo- si el matrimonio de una menor de edad con un patriarca es aceptable o no.
O pudieron decir qué pensaban de una mujer que llevó a su hermana a casarse con su esposo.
No lo hacen.
Las fotografías muestran y les dan cara a los protagonistas de la historia. El texto explica, da antecedentes, causas, implicaciones y muestra los conflictos, internos y con el resto de la sociedad estadounidense.
El editor en jefe de National Geographic, Chris Johns, lo resaltó en el editorial de la revista, en especial refiriéndose al trabajo de fotografía de Stephanie Sinclair.
“Ella no juzga. Sus fotografías son honestas. Reflejan una curiosidad insaciable. También reflejan su sentido de responsabilidad y su compasión. Los mejores fotógrafos comprenden la obligación que acompaña el privilegio de acceder a mundos y vidas que de otra manera continuarían ocultos. Entiende que otras personas habrán de emitir juicios, pero esa no es su función. Ella ofrece lo que ve y nos ofrece la oportunidad de interiorizarlo. El resto depende del lector”.
Por supuesto que si eso hacen los mejores fotógrafos, también es la condición que deben cumplir los mejores reporteros.
¿Qué piensas? ¿Cómo podes hacerlo igual?

lunes, 16 de noviembre de 2009

La hazaña de estar en la escena


Hasta la era de Internet y los correos electrónicos, los reportajes tenían una gran dosis de hazaña.

Así era cuando -en 1930- Joseph Kessel siguió las rutas de esclavos en Etiopía equipado con víveres, monedas de plata como únicos viáticos, medicinas y hasta un rifle Winchester y un revólver Colt, además de las municiones. Por supuesto llevaba una cámara y el material fotográfico necesario.

De hecho tuvo que atravesar desiertos, el Mar Rojo en una barca, salir vivo de una guerra entre tribus y alcanzar las caravanas de esclavos.

Su trabajo fue publicado por Le Matin, que realizó una tirada de 120.000 ejemplares adicionales.

Conforme avanzó el siglo XX, el siglo pasado, vinieron los avances tecnológicos y con ellos su utilización por los reporteros. Actualmente muchos sustituyen la "salida al campo" por el reporteo a través del teléfono y los correos electrónicos, algo que se ha aceptado como válido tras largos debates desde hace tres y dos décadas respectivamente.

En 1961 un comando portugués secuestró el crucero "Santa Libertade", con 552 pasajeros como rehenes, y los periódicos -el medio predominante en esa época- encargaron a sus "periodistas" llegar hasta el buque que andaba por el Mar Caribe.

Dos de ellos -Charles Bonnay, de la agencia Dalmas, y René Puisseau, de Le Monde- se lanzaron en paracaídas.

Bonnay, con un récord en paracaidismo, lo hizo con éxito pues cayó cerca y logró ser rescatado por los secuestradores y fue reunido con el resto de los pasajeros.

A Puisseaue fue mal, pues un navío estadounidense -que seguía al crucero secuestrado- lo fue a rescatar cuando cayó al mar y el reportero casi muere tragado por los ventiladores, si no es porque un marine acata a detenerlos a tiempo.

Aunque les hizo señas de que no lo rescataran y luego intentó lanzarse del navío estadounidense, Puisseau terminó custodiado por dos marineros y sin ninguna posibilidad de obtener información alguna ni enviar su reporte.

A quién sí le sonrió la suerte fue a Max Oliver Lacamp, del diario francés Le Figaro.

Lacamp venía en el navío estadounidense y cuando el capitán pidió a alguien que hablará portugués, pues los secuestradores no hablaban inglés o se negaban a hacerlo, Lacamp era el único.

Al servir de traductor Lacamp obtuvo todos los detalles de la negociación y éstos aparecieron al día siguiente en la publicación que hizo Le Figaro.