Primeros pasos de un periodista que se convirtió en leyenda
En agosto de 1970 Bob Woodward envió una carta a The Washington Post preguntando si había trabajo y fue recibido por Harry Rosenfeld, editor de temas metropolitanos.
Rosenfeld lo interrogó una y otra vez por qué quería trabajar en el Post si no tenía ninguna experiencia. Además competía contra otros candidatos que llevaban cinco y hasta diez años en el oficio.
Cuando le preguntó qué era una atribución, Woodward contestó que no sabía.
“Rosenfeld se agarró su cabeza”, contó Woodward en The Secret Man (2005), el libro en el que reveló 33 años después del Watergate quien fue su famosa fuente anónima en ese caso. “Mi ignorancia era mayor que mi arrogancia”.
Aun así tuvo suerte, pues se lo encargaron a uno de los subalternos, Andrew Barnes, para quien aquello era otro de los descabellados experimentos periodísticos de Rosenfeld.
La primera asignación que le dieron a Woodward fue sobre los problemas de asaltos que enfrentaban las gasolineras en las noches. Pasó dos días pensando en el tema en su apartamento y visitando decenas de estaciones de gasolina.
Cuando por fin se presentó ante Barnes, éste le preguntó si no había visto que ya The New York Times había publicado el reportaje sobre el tema. “No he leído The Times”, confesó Woodward.
Durante dos semanas le siguieron asignando otros temas y él entregaba los materiales, pero ninguno era publicado y ni siquiera habían sido editados.
No bastaba con ser suscriptor del periódico o seguidor de telenoticieros para conocer cómo se hace el periodismo, ni tener el deseo de ingresar a él.
Hay que dominar los fundamentos: la prisa y la presión por apropiarse de un tema, investigarlo, buscar a las fuentes y publicarlo antes que los otros contado la historia en forma periodística, sin la arrogancia de saberlo todo.
“Usted no sabe cómo es esto”, le dijo Rosenfeld.
Entonces le aconsejó ir a algún pequeño periódico para “aprender lo básico” y le recomendó ir al The Montgomery County Sentinel, a cargo de un exeditor del Post que tenía la habilidad de entrenar a los novatos.
Así lo hizo Woodward pese al sentimiento inicial de fracaso, ganando $115 semanales (“¡Estás loco!”, le dijo su padre) para regresar a a The Washington Post exactamente doce meses después.
“Fue un año de aprendizaje”, recordó Woodward.
Reinició el 15 de setiembre de 1971 con una paga de $165 por semana, desde las 6:30 p.m. hasta las 2 a.m. cubriendo sucesos: incendios, tiroteos, crímenes callejeros y el departamento de policía donde asistía para encontrar historias.
Hasta que el sábado 2 de julio de 1972 fue llamado para que cubriera un incidente ocurrido en el hotel Watergate, que desencadenó la saga que llevaría a la renuncia de Richard Nixon a la presidencia de Estados Unidos, el auge el periodismo investigativo y la larga trayectoria periodística de Bob Woodward (derecha en la foto) y de su colega Carl Bernstein (izquierda en la foto).
Q exito....... yo quiero llegar algun dia a poder contar una historia de superacion asi profe... Dio me ayude!
ResponderEliminarMuy interesante el artículo, quien diría que por esa ivestigación, un presidente de los Estados Unidos tendría que renunciar.
ResponderEliminarNo tengo bien definido cuando fue que los seres humanos dejamos de percibir nuestro entorno con todos los sentidos y enfatizamos nuestro potencial en uno solo: La Vista.
ResponderEliminarLa vista, como una de esas 5 capacidades que es, ciertamente influye a la hora de sacar conclusiones respecto a algo pero… ¡vaya error!, pues los ojos solo nos muestran una parte de la realidad.
Caminamos por la calle viéndolo todo pero… ¿lo sentimos?
Para analizar el hoy desde la mayor cantidad de ángulos posibles es imprescindible conocer los antecedentes y el entorno. Ello, en parte, es una forma de ver.
Analizar el contexto de algo es ver hacia todos lados, y no solo hacia el frente, antes de cruzar la calle.
Otro sentido es escuchar. Escuchar cuidadosamente cada nota, cada grito, la respiración... Escuchar hasta que a uno se le confundan los sonidos y el ruido se vuelva parte de si, por dentro, en vez de estar afuera.
Saborear es otra opción. ¡Chúpelo todo!
“Ver y no tocar”, me decía papá de niña pero… ¡que diantres! Y es que, sin ninguna intención de que este escrito suene tres equis, o de contradecir a papá, quisiera añadir lo bueno que es tocar.
Tocar es, para mí, como ver las cosas a profundidad, detallar cada espacio.
No olvidemos oler cuando uno camina, oler la vida y respirar lo mas hondo que se pueda porque hasta en el aire hay noticia.
Por último, hay un sexto sentido al que yo llamo percibir. Este consiste en un tacto más elevado ya que se desliga del contacto material para distinguir un hecho o acontecimiento; podría decirse que es tocar más allá de lo físico.
Para percibir no hace falta ser Nostradamus, basta la práctica.
De todo lo anterior, he llegado a la conclusión de que hay que tratar de ver de todas las formas posibles, con todos los sentidos.
Así que camine con los ojos bien abiertos pero no olvide andar lo más expuesto al mundo que se pueda.
Trate de que la síntesis final de sus datos, que lo que se plasme en el papel, deba su ser a la percepción de todos los acontecimientos que le rodean.
En fin, sea un ser de sentidos.